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21 de marzo, Fiesta del Sol en Teotihuacan.
En esta fecha suelen reunirse un gran número de personas en las pirámides de Teotihuacan para esperar la salida del sol y recibir su energía. Creemos oportuno hacer referencia a cómo en la cosmovisión náhuatl se narra la creación del sol, tal como se describe en la Historia General de las Cosas de la Nueva España, escrita por Fray Bernardino de Sahagún, que refiere lo siguiente:
“Decían que antes de que hubiese día en el mundo se juntaron los dioses en aquel lugar que se llama Teotihuacan, que es el pueblo de San Juan, entre Chiconauhtlan y Otumba; y dijeron los unos a los otros dioses: “¿Quién tendrá cargo de alumbrar al mundo?”
Un dios llamado Tecuciztecat, asumió el compromiso, pero se necesitaba otro más y como ninguno quería hacer el sacrificio que se requería todos se excusaban, apareció otro dios que se llamaba Nanahuatzin, era deforme y enfermo y le pidieron que fuera él quien se sacrificara, para que del sacrificio de ambos, surgiera la luz que alumbrara las tinieblas del mundo recién creado.
Ambos hicieron penitencia cuatro días y encendieron el fuego que sería ocupado en el sacrificio. Tecuciztecatl ofrecía plumas de quetzal y bolas de oro, espinas hechas de piedras preciosas y de coral, así como copal de muy buena calidad, toda su ofrenda era preciosa. Nanahuatzin ofrecía cañas verdes, atadas de tres en tres, ofrecía también bolas de heno y espinas de maguey que mojaba con su propia sangre.
Después que acabaron las cuatro noches de su penitencia, a Tecuciztecatl le dieron un manto de plumas y a Nanahuatzin uno de papel. Todos los dioses se pusieron en rededor del fuego que había ardido por cuatro días; y los dos dioses que habían hecho sacrificio se pusieron hasta adelante, de cara al fuego
Los dioses le indicaron entonces a Tecuciztecatl que se arrojara al fuego; éste tomó impulso pero al sentir el calor del fuego que era muy grande tuvo miedo y se echó para atrás, cuatro veces hizo el intento y se detuvo, dado que no había más oportunidades los dioses hablaron y dijeron: “¡Ea pues, Nanahuatzin, prueba tú!”, obedeciendo a los dioses cerró los ojos y se arrojó al fuego ardiendo de inmediato. Al verlo Tecuciztecatl se lanzó también, en seguida entró un águila y salió con las plumas chamuscadas por eso su color ennegrecido; a la postre entró un tigre, y no se quemó, pero su piel quedó manchada de negro y blanco. De ahí que a los hombres diestros en la guerra, se les llamase quauhtli (águila de fuego) y océlotl en referencia al tigre.
Cuando los dioses sacrificados se hubieron consumido, el resto de los dioses comenzaron a ver en distintas direcciones para ver por donde saldría Nanahuatzin convertido en sol. Después de un gran rato de esperar y de que el cielo tomara distintas tonalidades de rojo, al llegar el alba los que vieron al oriente afirmaron que por ahí debería salir y fueron los que tuvieron razón; dicen que los que miraron hacia el oriente fueron Quetzalcoatl, que también se llama Écatl; y otro que se llama Totec o Tezcatlipoca, además de cuatro mujeres de nombres Tiacapan, Tiecu, Tlacoehua y Xoyócotl.
Cuando salió el sol, era tan rojo y brillante que nadie podía mirarlo, sus rayos se derramaron por todas partes, después salió la luna también por el oriente y era igual de brillante. Por el orden que entraron al fuego Nanahuatzin y Tecuciztecatl, salieron convertidos en sol y luna respectivamente. Los dioses se preguntaron, si estaría bien, que tuvieran ambos la misma luz, platicaron para ponerse de acuerdo y entonces uno de ellos corrió por un conejo y lo arrojó a la cara de Tecuciztécatl opacando su resplandor, quedando la luna tal como se ve ahora y a Nanahuatzin le correspondió el privilegio de ser la luz del sol. |